Lissett Hernández
 

Nací en la provincia de Matanzas, en la hermosa isla de Cuba, en una familia que consta de dos hermanos varones, mi padre, mi madre, y ésta su servidora.

A pesar de las privaciones y las necesidades que son tan prevalentes en mi país, puedo decir que mi infancia fue feliz, pues las cosas materiales nunca han desempeñado un papel principal en mi vida. Lo más importante--el calor de hogar, unos padres que me amaran y cuidaran, y lo necesario para subsistir--lo tuve. Aunque mis padres no eran cristianos, mi madre trató de darnos una crianza que nos llevara a ser personas de bien algún día. Así, pues, rodeada de familiares y amigos, viviendo en ese “paraíso tropical”, yo creía que mi vida era perfecta y no sentía ningún deseo de que ésta cambiara. Sin embargo, Dios tenía otros planes para mi vida…

A la edad de casi 15 años salimos de Cuba con destino a Estados Unidos, o así era el plan original de mis padres. En ese tiempo los ex presidiarios políticos (como mi padre) podían aplicar para una visa de tránsito a los EE UU. Era llamada “visa de tránsito” porque era otorgada a través de un tercer país, el cual daba permiso a que estos refugiados políticos vivieran ahí durante las semanas necesarias para terminar todos los trámites legales, y luego continuaran su viaje a su destino real. En el caso de nosotros, éste tercer país fue Costa Rica. Al llegar, nos dijeron que lo máximo que estaríamos allí serían tres meses…esos tres meses se convirtieron en tres años. El gobierno de EE UU se había negado a dejarnos entrar, todavía no sé por qué.

Costa Rica

Fue un tiempo muy difícil para mí. De la noche a la mañana (literalmente) mi vida se vio “patas arriba”. El deterioro gradual de nuestra vida familiar no ayudó mucho en mi ajuste a este cambio radical. La forma que escogí de hacerle frente a mis problemas no fue la mejor tampoco. Decidí que lo que era realmente importante para mí era vivir mi juventud a plenitud, “gozándola” lo más posible, sin pensar en el mañana, pues no sabía qué me traería éste de todas maneras. Sin embargo, gradualmente, al ver que el tiempo pasaba y seguíamos ahí, llegué a pensar que quizás este sería el lugar donde pasaría el resto de mi vida, y no me pareció tan mal; después de todo, ya me había acostumbrado al tren de vida, tenía nuevas amistades, etc. Comencé a interesarme una vez más en mis estudios, planeando asistir a la universidad. Todo marchaba muy bien en ese aspecto, hasta había escogido mi futura carrera.

Mi vida espiritual era otra historia. Visité la iglesia católica con unas amistades un par de veces, buscando llenar ese vacío que sentía en mi corazón. Sin embargo, salía igual que entraba: vacía. También tenía una compañera de clases que era testigo de Jehová. Recordando que cuando era yo niña mi madre recibía estudios de ellos, decidí visitarles, lo cual hice varias veces, pero tampoco encontré ahí lo que andaba buscando. Desafortunadamente ese vacío fue algo que ni los estudios, los bailes, el licor, los amigos e incluso la religión lograron llenar.

Un día, al llegar a casa de clases, mi madre me dejó caer una bomba. En un mes marchábamos de Costa Rica hacia Canadá. Así, no más. De pronto todos mis planes, mis ilusiones, se vinieron abajo. Trataba de asimilar la idea de que nuevamente sería arrancada de un lugar familiar, amistades, etc., y no podía. Mi mente se negaba a aceptarlo. Mil locuras cruzaron por ella en cuestión de segundos. Gracias a Dios que El no permitió que pudiera llevar a cabo ninguna de ellas.

La noche anterior al viaje, en un momento de desesperación, decidí hacer un “trato” con Dios. Le dije que yo verdaderamente no quería ir a Canadá, pero que iba confiando en que El tenía algo especial para mí, algún plan que yo no conocía, y que si El me daba las fuerzas, yo estaba dispuesta a confiar en El. Esa fue la noche también en que decidí (¡qué necios somos a veces!) cerrar mi corazón para siempre. Nunca más amaría, ni confiaría en otro ser humano, pues el hacerlo solamente podía causarme dolor, ya que, de acuerdo a mi experiencia hasta ese momento, nada duraba para siempre (hogar, familia, amigos), todo era pasajero.

Canadá

Si el llegar a Costa Rica me puso “patas arriba”, esto no se podía ni comparar con el shock emocional que fueron las primeras semanas en Canadá. Ahora estaba en un país donde verdaderamente TODO era diferente, desde el idioma que hablaban, hasta el clima, sin olvidar el tipo o estilo de vida. Nada tenía sentido para mí. Mi “trato” con Dios fue olvidado, y comencé a hundirme en la depresión.

En su infinita misericordia, aunque yo me olvidé de Él, Dios nunca se olvidó de mí. Su mano estaba hasta en los detalles más mínimos. Al cabo de unos días de llegar, comenzamos la escuela para aprender el idioma, lugar donde conocí a quien hoy es mi esposo. Su hermano menor hizo amistad con mi hermano menor, y le invitó a la iglesia a que escuchara a un predicador que les estaba visitando. Como mi madre no le dejaba ir sin que mi otro hermano o yo le acompañáramos, a regañadientes decidí ir con él, sin saber que ese era el día que Dios había escogido para transformar mi vida.

Cuando el predicador hizo un llamado para todos aquellos que quisieran a Cristo en su vida, no podía levantar mi mano, pues había una lucha terrible dentro de mí. Gracias doy a Dios que su poder pudo más que las fuerzas de las tinieblas que se negaban a dejarme ir. Cada paso hacia ese altar era una cadena más que caía a mis pies. Esa tarde, el Señor no solamente sanó mis heridas, llenó mi corazón, y abrió mis ojos al poder rescatador de Su amor, sino que dio a mi vida un nuevo propósito: el servirle con gratitud en todo cuanto pudiera.

En los años que han transcurrido desde entonces, el Señor ha hecho mucho más de lo que hubiera podido pedirle. No solamente me ha dado a un esposo que verdaderamente no merezco, sino dos hijos que han sido una bendición muy especial para mi vida. El verlos crecer no solamente en edad, sino en su dedicación a Dios y a Su obra, el poder servirle al Señor juntos, es algo que no tengo palabras para expresar.

Hoy doy gracias a mi Señor que, con su inmensa sabiduría, amor y MUCHA paciencia, me ha enseñado que confiar en El es lo mejor que hay. Anímate a hacerlo, te prometo que no te arrepentirás…

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